Prevención cardiovascular para combatir los síntomas del sedentarismo
A nivel global, aproximadamente un tercio de las muertes tienen un origen cardiovascular, lo que sitúa a estas enfermedades como la principal causa de mortalidad en el mundo. Existen factores de riesgo que no podemos modificar, como la edad, la genética o los antecedentes familiares. Sin embargo, hay otros sobre los que sí podemos actuar. Uno de ellos es el sedentarismo, un enemigo silencioso de nuestra salud y uno de los principales objetivos de la prevención cardiovascular moderna.
El sedentarismo se define como el tiempo prolongado dedicado a actividades realizadas en posición sentada o reclinada con un bajo gasto energético. Aunque no existe un consenso internacional sobre un umbral único, se ha observado que pasar más de seis a ocho horas al día sentado se asocia progresivamente con un mayor riesgo para la salud. No solo importa la cantidad total de tiempo que permanecemos sentados, sino también la duración de los periodos continuos sin movimiento: estar sentado durante más de 30–60 minutos seguidos se considera un periodo prolongado de sedentarismo.
En la práctica clínica, este patrón se relaciona con un aumento del riesgo cardiovascular y metabólico, motivo por el cual la promoción del movimiento diario y del ejercicio físico supervisado se ha convertido en una herramienta clave dentro de los programas de salud preventiva.
El problema se encuentra más extendido de lo que solemos pensar. Se estima que aproximadamente una cuarta parte de la población adulta mundial no alcanza los niveles mínimos de actividad física recomendados. Esta situación se ha convertido en lo que algunos expertos denominan una “epidemia de sedentarismo”, impulsada por un entorno moderno que favorece la inactividad: transporte motorizado, compras online, teletrabajo y gestiones que requieren un esfuerzo físico mínimo.
El sedentarismo no es solo “no hacer ejercicio”. Tiene efectos propios y claramente negativos sobre nuestro organismo. Las personas que no realizan suficiente actividad física presentan un riesgo de mortalidad entre un 20 y un 30 % mayor en comparación con quienes mantienen niveles adecuados de ejercicio. Este dato subraya que el movimiento no es una cuestión estética ni únicamente deportiva: es un factor crucial para la salud y la supervivencia.
Un ejemplo sencillo puede ayudarnos a entenderlo. Sabemos que para vivir necesitamos beber agua; se recomienda un consumo aproximado de 2 litros al día. Si una persona bebe muy poca agua, su organismo comienza a funcionar peor. Cuando empieza a beber la cantidad adecuada, su cuerpo mejora porque está diseñado para recibirla. De forma análoga, nuestro organismo está diseñado para moverse. La inactividad prolongada genera efectos negativos que no se compensan únicamente con realizar ejercicio de forma puntual.
En definitiva, pasar muchas horas sentado no es un comportamiento neutro. Es un factor de riesgo independiente capaz de afectar la salud cardiovascular, metabólica y musculoesquelética. Entre sus consecuencias cardiovasculares y metabólicas se incluyen un mayor riesgo de diabetes tipo 2, trombosis, obesidad, dislipemia y presión arterial elevada. El sistema musculoesquelético también se ve afectado, con disminución de la densidad mineral ósea —lo que aumenta el riesgo de osteoporosis y fracturas—, pérdida de fuerza y equilibrio y un incremento de la sensación dolorosa.
Además, el sedentarismo se ha asociado con un mayor riesgo de algunos tipos de cáncer, especialmente colorrectal, de mama y endometrial. También impacta la salud mental, aumentando el riesgo de depresión y ansiedad y favoreciendo alteraciones del sueño. Puede contribuir asimismo a trastornos digestivos, disfunciones sexuales y a un mayor riesgo de deterioro cognitivo y demencia, entre otros efectos.
Por ello, la prevención no consiste únicamente en practicar deporte de forma ocasional, sino en incorporar movimiento de manera constante a la vida diaria. Levantarse cada cierto tiempo, caminar, subir escaleras o realizar pequeños ejercicios mientras estamos en casa o en el trabajo pueden marcar una diferencia significativa.
Desde un enfoque sanitario, combinar estos hábitos con programas de ejercicio terapéutico y ejercicio supervisado en Madrid permite reducir riesgos de forma segura, progresiva y adaptada a cada persona.
Movernos no es opcional: es una necesidad fisiológica. Reconocer y actuar frente al sedentarismo es un paso fundamental para proteger la salud cardiovascular, mejorar la calidad de vida y favorecer un envejecimiento activo y saludable.
En Clínica SAMON desarrollamos programas de ejercicio personalizado y prevención cardiovascular en Madrid, orientados a ayudar a cada paciente a reducir el sedentarismo y mejorar su salud de manera segura y basada en evidencia científica.


