Una revisión de los mecanismos neuroendocrinos, neurotróficos, inmunometabólicos y autonómicos que median el efecto del ejercicio regular sobre el sistema nervioso central.
El ejercicio físico se ha explicado tradicionalmente por sus efectos musculoesqueléticos, cardiovasculares y metabólicos. Sin embargo, hoy sabemos que sus beneficios alcanzan también a los sistemas integrados que conectan cerebro, sistema nervioso autónomo, eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, metabolismo, inmunidad y sueño. El ejercicio regular no se limita a producir una mejoría transitoria del estado de ánimo: modifica la forma en que estos sistemas responden al estrés, recuperan el equilibrio, regulan la inflamación y sostienen procesos relacionados con el aprendizaje y la memoria.
Una forma útil de entender estos efectos es considerar el ejercicio como un estímulo hormético: una exposición breve, controlada y reversible a un estresor fisiológico. Durante el esfuerzo se activan vías simpáticas, hormonales, metabólicas e inflamatorias; pero cuando la carga es adecuada y existe recuperación suficiente, esa activación repetida induce adaptaciones beneficiosas. Desde esta perspectiva, el ejercicio no protege porque evite el estrés, sino porque entrena los sistemas de respuesta y recuperación, reduce la carga alostática y amplía el rango funcional del organismo.
El ejercicio como estresor agudo controlado
Desde una perspectiva fisiológica, el ejercicio constituye un estresor agudo y controlado que perturba transitoriamente la homeostasis y activa respuestas adaptativas de tipo alostático. La demanda metabólica activa el sistema nervioso simpático y el eje simpático-adrenomedular, con liberación de catecolaminas (noradrenalina, adrenalina), incremento del gasto cardiaco, movilización de sustratos energéticos y aumento del estado de alerta. Por encima de determinados umbrales de intensidad y duración se recluta el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (HHA): liberación hipotalámica de CRH y arginina-vasopresina, secreción hipofisaria de ACTH y producción suprarrenal de glucocorticoides.
La elevación aguda de cortisol durante el esfuerzo no debe leerse como un fenómeno patológico, sino como una respuesta adaptativa: sostiene la disponibilidad de glucosa, modula la respuesta inmune y participa en la señalización que orquesta la recuperación posterior. La diferencia funcional frente al estrés crónico no reside en la activación, sino en la dinámica temporal: el estresor del ejercicio es predecible, autolimitado y seguido de una fase de recuperación con retroalimentación negativa efectiva.
Recalibración del eje HHA y carga alostática
La alostasis permite entender que los mediadores del estrés no son intrínsecamente buenos o malos: su efecto depende de la intensidad, la duración, el contexto y, sobre todo, de la recuperación. Cuando estos sistemas se activan de forma repetida o no retornan eficazmente al equilibrio, aparece la carga alostática: el coste acumulado de una adaptación mal resuelta. El estrés crónico, impredecible y de baja controlabilidad mantiene una activación tónica del eje HHA y del sistema simpático, aplana el ritmo circadiano del cortisol, deteriora la calidad del sueño y favorece un estado proinflamatorio sostenido. El resultado es un desgaste acumulativo de los sistemas alostáticos.
El entrenamiento regular tiende a optimizar la dinámica del eje HHA, con una respuesta de cortisol más eficiente ante estresores —mayor sensibilidad de la retroalimentación negativa y recuperación más rápida del eje hacia valores basales—. Es importante señalar que la evidencia humana es heterogénea: la magnitud y la dirección del efecto dependen del tipo de estresor (físico frente a psicosocial), del estatus de entrenamiento, de la naturaleza del protocolo y de las características de la muestra. La inferencia robusta no es una atenuación universal del cortisol, sino una regulación más afinada del eje.
El ejercicio regular ayuda a que los circuitos del estrés funcionen con más flexibilidad. La amígdala participa en la respuesta de alarma, mientras que el hipocampo y la corteza prefrontal ayudan a modularla. Con el entrenamiento, el organismo no evita el estrés, pero aprende a activarse de forma más proporcionada y a recuperar antes el equilibrio
Señalización neurotrófica: BDNF e IGF-1
La plasticidad inducida por el ejercicio se sustenta, en parte, en factores neurotróficos. El BDNF es de producción predominantemente central, con expresión elevada en hipocampo y corteza; su inducción por el ejercicio depende del aumento de actividad neuronal, del incremento de perfusión cerebral y de señales metabólicas de origen periférico. Entre estas últimas, el lactato derivado del músculo en contracción actúa como molécula señalizadora que cruza la barrera hematoencefálica y promueve la expresión de BDNF, y se han descrito vías adicionales mediadas por miocinas y por metabolitos del ejercicio.
El IGF-1 circulante procede mayoritariamente del eje somatotropo hepático (GH-hígado), con contribución muscular y de síntesis local en el SNC; el ejercicio incrementa su disponibilidad y su captación cerebral. Funcionalmente, BDNF e IGF-1 convergen en la promoción de la supervivencia neuronal, la potenciación a largo plazo, la sinaptogénesis, la angiogénesis y la integridad de los circuitos hipocampales.
Aunque en animales se ha demostrado que el ejercicio favorece la formación de nuevas neuronas en el hipocampo, en humanos adultos esta cuestión sigue siendo debatida. Lo más sólido es afirmar que el ejercicio crea un entorno más favorable para la plasticidad cerebral, la función del hipocampo y la adaptación frente al estrés.

El músculo como órgano endocrino: eje inmunometabólico
El músculo en contracción no sólo consume energía: también actúa como un órgano secretor que libera miocinas con efectos locales y a distancia —es decir, con acción autocrina, paracrina y endocrina—. Un buen ejemplo es la IL-6, una sustancia pleiotrópica, capaz de producir efectos distintos según el contexto.
Cuando la IL-6 se mantiene elevada de forma crónica, como puede ocurrir en la inflamación asociada al exceso de tejido adiposo visceral, puede participar en una respuesta proinflamatoria. Durante el ejercicio, en cambio, aumenta de forma breve desde el músculo y actúa sobre todo como una señal metabólica. En ese contexto, y si no existe una activación inflamatoria previa marcada por TNF-α, puede favorecer una respuesta antiinflamatoria posterior, con aumento de IL-10 e IL-1ra.
Este patrón ayuda a resolver una aparente paradoja: el ejercicio produce una activación inflamatoria transitoria, pero el entrenamiento regular se asocia con una reducción de la inflamación sistémica de bajo grado.
Este efecto puede ser relevante para el cerebro. La inflamación crónica de bajo grado se ha vinculado a depresión, ansiedad, fatiga, deterioro cognitivo y enfermedades neurodegenerativas. En este contexto, la acción inmunomoduladora del ejercicio constituye una vía plausible de neuroprotección.
Función autonómica: activación – relajación.
Durante el ejercicio predomina la activación simpática, mediada por la liberación de noradrenalina en las terminaciones nerviosas y de adrenalina por la médula suprarrenal. Esta respuesta permite aumentar la frecuencia cardiaca, movilizar energía y sostener la demanda muscular.
Con el entrenamiento regular, sin embargo, mejora también la fase de recuperación. Tras el esfuerzo, el sistema parasimpático —a través del nervio vago y la acetilcolina— ayuda a reducir antes la frecuencia cardiaca. Con el tiempo, suele observarse menor tono simpático basal y una mayor variabilidad de la frecuencia cardíaca (VFC)..
Esta variabilidad no debe entenderse como una medida directa del estado emocional, sino como un marcador indirecto de flexibilidad autonómica. En la práctica, refleja una mayor capacidad del organismo para activarse ante una demanda y recuperar después el equilibrio, un componente importante de la resiliencia fisiológica frente al estrés.
Sueño y regulación circadiana
El sueño se regula por la interacción entre dos grandes sistemas: el ritmo circadiano (Proceso C), que organiza los periodos de actividad y descanso a lo largo de las 24 horas, y la presión homeostática de sueño (Proceso S), que aumenta cuanto más tiempo permanecemos despiertos y cuanto mayor ha sido la demanda física y mental del día.
El ejercicio puede influir en ambos. Cuando se practica durante el día, actúa como un sincronizador no luminoso (zeitgeber no fótico) de los ritmos circadianos y ayuda a reforzar la regularidad del ciclo sueño-vigilia. También puede modular ritmos como la temperatura corporal, el cortisol y la secreción nocturna de melatonina.
Además, al aumentar el gasto energético y la necesidad de recuperación, el ejercicio favorece la presión homeostática de sueño. Por eso, cuando la carga es adecuada y no se realiza demasiado cerca de la hora de dormir, suele asociarse con mejor eficiencia del sueño, más sueño profundo y una recuperación más completa del sistema nervioso y del eje del estrés.
Relación dosis-respuesta y límites adaptativos
Como ocurre con cualquier estímulo hormético, la dosis importa. El ejercicio es beneficioso cuando supone un desafío asumible y va seguido de recuperación. Pero si la carga de entrenamiento supera de forma mantenida la capacidad del organismo para recuperarse, deja de ser adaptativo.
En esos casos —sobrealcance no funcional y/o sobreentrenamiento— pueden aparecer alteraciones del sueño, fatiga persistente, irritabilidad, descenso del rendimiento y señales de desequilibrio autonómico y hormonal. En lugar de reducir la carga de estrés, el ejercicio empieza a comportarse como una fuente más de desgaste.
Por eso no existe una dosis universal. La respuesta depende de la intensidad, el volumen y la frecuencia del entrenamiento, pero también del descanso, el sueño, la nutrición, la edad, las enfermedades previas y la carga alostática basal de cada persona. La individualización, por tanto, no es un matiz: es una condición para que el ejercicio sea adaptativo.
Síntesis
El ejercicio regular remodela el sistema nervioso central optimizando el binomio activación-recuperación. Recalibra la dinámica del eje HHA, mejora el balance autonómico, atenúa la inflamación sistémica de bajo grado, incrementa la señalización neurotrófica, favorece un entorno propicio para la plasticidad hipocampal y refuerza los circuitos de regulación emocional. El fenotipo resultante es el de un sistema con mayor flexibilidad neurobiológica: más eficiente en la movilización de recursos ante el desafío y más rápido en el retorno al equilibrio.
Esta plasticidad reguladora ofrece un sustrato mecanístico plausible para la asociación y correlación entre actividad física regular y menor riesgo de depresión, trastornos de ansiedad, insomnio, deterioro cognitivo y patología relacionada con el estrés. El ejercicio no suprime la exposición al estrés; amplía la capacidad biológica de procesarlo y recuperarse de él.
Referencias orientativas
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