¿EXISTE DOLOR SIN LESIÓN?

Hay ejemplos de lesiones extremadamente graves que, sorprendentemente, no generan dolor. Sin embargo, también se dan situaciones en las que estímulos que, en condiciones normales, no deberían resultar dolorosos, se convierten en experiencias altamente desagradables.

Para comprender por qué ocurre este fenómeno, es necesario introducir el concepto de neurofirma. La neurofirma se define como una red formada por el conjunto de conexiones mentales que integran pensamientos, recuerdos y experiencias personales vinculadas a un determinado tema; en este caso, la experiencia del dolor. Esta red provoca que estímulos aparentemente neutros, como una canción, una palabra, un olor o una acción; activen un “interruptor” que nos conduce a experimentar dolor, incluso en ausencia de una lesión real.

Dado que este concepto puede resultar complejo, es recomendable apoyarse en recursos visuales que faciliten su comprensión. El siguiente vídeo ilustra de manera clara este mecanismo: https://www.videoman.gr/es/153820

A partir de este vídeo, surge una pregunta clave: ¿qué sucede con la niña? No ha sufrido un golpe ni un traumatismo que justifique el llanto. Sin embargo, está experimentando dolor. ¿Por qué? Porque está rodeado de múltiples estímulos que refuerzan su asociación con la experiencia dolorosa: el padre le pregunta cómo se encuentra, le toca la cabeza y utiliza un tono de voz más suave y protector. No se trata de una simulación consciente; todos estos elementos llevan al niño a interpretar que se ha golpeado y como consecuencia, su cerebro activa la neurofirma del dolor y este se manifiesta, aunque no haya existido daño físico.

Entender este concepto es especialmente relevante en persona que padecen de dolor crónico, ya que, cuando la neurofirma asociada al dolor se activa de forma repetida el sistema se vuelve cada vez más sensible. Este proceso, conocido como fenómeno de “Wind-up”, implica que el “interruptor” del dolor se enciende con mayor facilidad. Lo que antes requería estímulos intensos o prolongados comienza a activarse con estímulos cada vez más débiles y en menor tiempo. Una metáfora que puede servir de utilidad para entenderlo es la de caminar por un trigal: la primera vez cuesta abrirse paso, pero si se recorre el mismo camino a diario, la ruta se marca y es cada vez más fácil transitarla.

Esta sensibilización no depende únicamente de factores externos, como una canción, un olor, un lugar o una persona que nos recuerde una experiencia desagradable. También puede originarse desde el propio individuo. El cerebro actúa como el director ejecutivo de una empresa: solicita información constante a sus “empleados”, es decir, a las articulaciones, los órganos y los diferentes sistemas del cuerpo. Cuando una zona corporal duele de forma persistente, el cerebro demanda más informes sobre ella. Como resultado, recibe más información y le presta mayor atención.

Esta hipervigilancia facilita que la ruta del dolor se active cada vez con mayor rapidez, encontrando sin dificultad el camino hacia el interruptor que desencadena la experiencia dolorosa. De este modo, el dolor deja de ser únicamente una señal de daño y se convierte en una respuesta aprendida y amplificada por el propio sistema nervioso.

En definitiva, podemos pensar en el dolor como un sistema de alarma y como toda alarma esperamos que suene cuando debe sonar. La alarma de un coche queremos que se active cuando alguien intenta robarlo, pero si sufrimos de dolor crónico, nuestro sistema está más sensible y la alarma puede saltar ante estímulos inocuos, por lo que estímulos que antes no dolían ahora sí.

¿Qué hace que nuestro sistema de alarma se vuelva tan sensible? Entre los factores más importantes se encuentran los tratamientos fallidos, problemas personales, miedo,  ansiedad, estar demasiado pendientes del dolor o nuestro contexto familiar y laboral el problema, entre otros. No es solo que la alarma salte cuando no corresponde sino que a veces no conseguimos apagarla y deja de sonar.

Mantener una buena alimentación, el sueño reparador, realizar ejercicio físico regularmente y cuidar nuestro estado de ánimo son estrategias que funcionan como herramientas para apagar la alarma y reducir la intensidad del dolor.

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