El ejercicio físico puede inducir sensaciones transitorias de bienestar, energía, confianza, reducción de la ansiedad y disminución de la percepción del esfuerzo. En algunas circunstancias, especialmente durante actividades aeróbicas prolongadas, estas sensaciones pueden alcanzar una intensidad suficiente como para ser descritas como euforia subjetiva o runner’s high. Este fenómeno constituye una respuesta fisiológica normal y adaptativa, integrada dentro de los mecanismos que permiten sostener el rendimiento físico ante demandas elevadas.
Desde el punto de vista fisiológico, el ejercicio supone un estresor biológico real que activa de forma coordinada múltiples sistemas reguladores. Durante el esfuerzo aumenta la actividad del sistema nervioso simpático y del eje hipotálamo-hipófiso-adrenal, con liberación de catecolaminas y otros mediadores destinados a optimizar la disponibilidad energética, la atención, la velocidad de procesamiento de la información y la capacidad de respuesta. Estas modificaciones favorecen un estado de activación compatible con el rendimiento, caracterizado por una mayor focalización atencional, sensación de capacidad y disminución de la percepción de amenaza.
Paralelamente, se activan diversos sistemas neuroquímicos implicados en la regulación de la motivación, la recompensa y la percepción del esfuerzo. Entre ellos participan circuitos relacionados con la recompensa y el aprendizaje motivacional, incluyendo vías dopaminérgicas mesolímbicas. Sin embargo, la evidencia más consistente sobre el fenómeno del runner’s high se refiere actualmente a la participación de los sistemas opioide y endocannabinoide endógenos. Durante años se atribuyó este fenómeno principalmente a las endorfinas, pero la investigación más reciente ha otorgado un protagonismo creciente al sistema endocannabinoide. Actualmente se considera probable que las sensaciones subjetivas asociadas al ejercicio emerjan de la interacción de varios sistemas de recompensa y analgesia, entre ellos los opioides endógenos y los endocannabinoides, especialmente la anandamida, cuyos niveles aumentan durante determinadas formas de ejercicio aeróbico y se han relacionado con efectos ansiolíticos, analgésicos y de bienestar subjetivo.

Es importante señalar que estas respuestas probablemente evolucionaron porque favorecen la persistencia y la eficacia de la conducta ante demandas físicas elevadas, más que por la generación de placer como fin en sí mismo. Desde una perspectiva adaptativa, resulta ventajoso que un organismo sometido a una demanda física relevante experimente una disminución transitoria del dolor, una reducción de las señales de fatiga percibida, una mayor confianza en la propia capacidad de actuación y una motivación suficiente para sostener el esfuerzo. El runner’s high puede entenderse como una manifestación subjetiva de este conjunto de mecanismos que optimizan la capacidad de respuesta durante el esfuerzo.
La existencia de estos efectos euforizantes no explica por sí sola los beneficios del ejercicio sobre la salud mental. De hecho, la mejor evidencia disponible sugiere que las mejoras observadas en depresión, ansiedad, trastornos relacionados con el estrés o deterioro cognitivo dependen fundamentalmente de procesos más amplios y sostenidos en el tiempo. Entre ellos destacan la mejora de la regulación autonómica, la adaptación progresiva del eje hipotálamo-hipófiso-adrenal, la reducción de la inflamación sistémica de bajo grado, la mejora de la sensibilidad a la insulina, la optimización de la arquitectura del sueño, el incremento de factores neurotróficos como el BDNF y el fortalecimiento de los mecanismos generales de adaptación al estrés. Además de reducir síntomas, el ejercicio parece aumentar la resiliencia fisiológica y psicológica frente a futuros estresores.
Por tanto, aunque el bienestar experimentado tras una sesión de ejercicio puede favorecer la adherencia conductual, los efectos terapéuticos más relevantes parecen derivarse de las adaptaciones biológicas acumulativas que se producen tras semanas o meses de práctica regular. En este sentido, el ejercicio físico actúa más como un modulador sistémico de la regulación fisiológica que como una simple fuente de placer o recompensa.

No obstante, los mecanismos de recompensa asociados al ejercicio poseen una doble vertiente. En la mayoría de las personas contribuyen a consolidar hábitos saludables, pero en determinadas circunstancias pueden favorecer patrones problemáticos de relación con la actividad física. Aunque la denominada adicción al ejercicio no constituye actualmente una categoría diagnóstica formal en los principales sistemas de clasificación psiquiátrica, existe consenso en que pueden aparecer patrones de práctica compulsiva asociados a deterioro físico, psicológico o social. La búsqueda compulsiva de determinadas sensaciones subjetivas, la dependencia emocional del entrenamiento o la necesidad de ejercitarse a pesar de lesiones, enfermedad o consecuencias negativas pueden formar parte de estos cuadros. El riesgo parece ser mayor en personas con trastornos de la conducta alimentaria, la vigorexia o dismorfia muscular, rasgos perfeccionistas marcados o determinadas formas de regulación emocional excesivamente dependientes de la actividad física.
La cuestión fundamental no es si el ejercicio genera placer, sino cómo se integra dicho placer dentro de una conducta orientada a la salud. Cuando el ejercicio constituye una herramienta flexible de adaptación, regulación y bienestar, sus efectos suelen ser beneficiosos. Cuando se convierte en una necesidad rígida, compulsiva o vinculada exclusivamente al rendimiento, la imagen corporal o la evitación emocional, pueden aparecer consecuencias psicológicas adversas. En este sentido, el efecto euforizante del ejercicio puede entenderse como la expresión subjetiva de una respuesta adaptativa aguda, mientras que los beneficios sobre la salud mental reflejan las adaptaciones biológicas y psicológicas que emergen cuando esos mismos sistemas reguladores se activan de forma repetida a lo largo del tiempo.
En conclusión, los efectos euforizantes del ejercicio representan una expresión normal de los sistemas biológicos que facilitan el rendimiento y la adaptación al esfuerzo. Aunque contribuyen a la motivación y a la adherencia, no constituyen el principal mecanismo responsable de los beneficios del ejercicio sobre la salud mental. Estos parecen depender, sobre todo, de procesos de adaptación neurobiológica, metabólica y psicofisiológica mucho más amplios, que convierten al ejercicio físico en una de las intervenciones más potentes para mejorar la capacidad del organismo de responder de forma flexible a las demandas del entorno. En términos biológicos, puede entenderse como un proceso de adaptación alostática beneficiosa inducida por un estresor fisiológico controlado. El runner’s high representa la vivencia consciente de mecanismos que facilitan la adaptación inmediata al esfuerzo; la mejora de la salud mental refleja las adaptaciones alostáticas que emergen cuando esos mismos mecanismos se activan de forma repetida. En otras palabras, el efecto euforizante del ejercicio es a la adaptación aguda lo que la mejora de la salud mental es a la adaptación crónica: dos manifestaciones distintas de la capacidad del organismo para ajustarse de forma eficiente a una demanda física relevante.
Referencias
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